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martes, 11 de noviembre de 2014

Pequeña reflexión: sinopsis vs marketing.


¡Buenos días! Llueve, hace viento y muchoo frio ¡Te espero dentro!



  Hoy, entre tanto trabajo, me apetece coger un momentito de la mañana para tomarme un café contigo. 

  Es curioso, se suele decir "a ver cuándo tomamos un café..." cuando, probablemente, no sea la bebida que los interesados prefieran ¡A cogido esto raíces en la historia y sentimientos ¿eh?..! Pero esto no era lo que quería contarte, aunque también es cierto que puede dar para otra reflexión ¿Te apetecería? Y bien, que hoy estoy muy charlatana a pesar de todo el trabajo, paso al tema.

  En diversas ocasiones, me ha parecido que la sinopsis que recoge la contraportada de los libros tiene más que ver con que se venda mejor o peor el libro o dejarlo indiferente hacia nosotros los lectores, que con reflejar la historia en pocas palabras y de forma objetiva.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Para llevar mejor la semana: Un marido sin vocación, de Enrique Jardiel Poncela.


Una buena historia empieza por trasladarte a otro espacio. Este pequeño cuento de Enrique Jardiel Poncela, lo consigue. Además de provocarte risas fruto de ese humor absurdo que lo caracteriza, disfrutas de esa calidad lingüistica y literaria.

Lo conocía por Amor se escribe sin hache; cargado de un humor intelectual que en ocasiones puede resultar incomprensible, incluso hiriente, si no se conoce, un poco, la biografia del autor.

Tómate unos segundos para leerlo y pásalo bien. Con un par de sonrisas no se nos hacen tan pesados nuestros quehaceres diarios.





Un marido sin vocación.


"Un otoño -muchos años atrás-, cuando más olían las rosas y mayor sombra daban las acacias, un microbio muy conocido atacó, rudo y voraz, a Ramón Camomila: la furia matrimonial.

-¡Hay un matrimonio próximo, pollos! -advirtió como saludo a su amigo Manolo Romagoso cuando subían juntos al Casino y toparon con los camaradas más íntimos.
-¿Un matrimonio?
-Un matrimonio, sí -corroboró Ramón.
-¿Tuyo?
-Mío.
-¿Con una muchacha?
-¡Claro! ¿Iba a anunciar mi boda con un cazador furtivo?
-¿Y cuándo ocurrirá la cosa?
-Lo ignoro.
-¿Cómo?
-No conozco aún a la novia. Ahora voy a buscarla...

Y Ramón Camomila salió como una bala a buscar novia por la ciudad.

A las dos horas conoció a Silvia, una chica algo rubia, algo baja, algo gorda, algo sosa, algo rica y algo idiota; hija única y suscriptora contumaz a La moda y la Casa (publicación para muchachas sin novio).

Y al año, todos los amigos fuimos a la boda. ¡La boda! ¡Bah!... Una boda como todas las bodas: galas blancas, azahar por todos lados, alfombras, música sacra, bimbas, sonrisas, codazos, almohadón para hincar las rodillas los novios y para hincar las rodillas los padrinos; lunch, sandwichs duros como un fiscal...

Al onzavo sandwich hubo una fuga súbita por la sacristía y un auto pasó raudo, y unos gritos brotaron:
-¡Adiós! ¡Adiós! ¡Vivan los novios! ¡Vivaaan!
Y los amigos cogimos otro sandwich -dozavo- y otra copita. Y allí acabó la cosa.

Mas, para Ramón Camomila, la cosa no había acabado allí...
Al contrario: allí daba principio.

Y al subir con su novia al auto fugitivo, vio claro, vio clarísimo: ni amaba a Silvia, ni notaba inclinación ninguna al matrimonio, ni sintió su alma con la vocación más mínima por construir un hogar dichoso.

-¡Soy un idiota! -murmuró Ramón-. No valgo para marido, y lo noto cuando ya soy ciudadano casado...
Y corroboró rabioso:
-¡Soy un idiota!

Silvia, arrinconada junto a Ramón, bajaba los ojos con rubor, y al bajar los ojos subía dos mil grados la rabia masculina.
-¡Dios mío! -gruñía Ramón mirándola-. ¡Casado! ¡Casado con una niña insulsa como unas natillas!... No hay ya salvación para mí..., ¡no la hay!

Incapaz para dominar su irritación, dirigió unas palabras durísimas a Silvia.
-¡Prohibido fingir rubor y mirar a la alfombra! -gritó. (Silvia miró al parabrisas con infantil docilidad).
Y Ramón añadió para su sayo, alumbrado por una brusca solución:
-Voy a lograr su odio. Voy a obligarla a suplicar un divorcio rápido. Poco valgo si no logro inspirarla asco con cuatro o cinco burradas a cual más disparatada...
Y tal solución tranquilizó mucho a su alma.

Por lo pronto, al subir a la fotografía (visita clásica tras una boda), Ramón hizo la burrada inicial. Un fotógrafo modoso y finísimo abordó a Ramón y a Silvia.

-Grupo nupcial, ¿no? -indagó.
-Sí -dijo Ramón. Y añadió-: Con una variación.
-¿Cuál?
-La sustitución más original vista hasta ahora... Novio por fotógrafo. Hoy hago yo la foto... ¡Viva la originalidad!
Y Ramón aproximó la máquina y advirtió al asombrado fotógrafo:
-¡Vamos! Coja por la mano a la novia y sonría con ilusión. La cara más alta... ¡Cuidado! ¡Así!... ¡Ya!
Ramón tiró la placa, y a continuación obligó al pago al fotógrafo; guardó los duros y salió con Silvia orondo y dichoso.
-¡Al auto! -mandó. (Silvia ahora iba llorando)-. ¡La cosa marcha! -susurró Ramón.

Al otro día trasladaban sus organismos a Irún. (Lo clásico, asimismo, tras una boda.)
Ramón no quiso subir al vagón con Silvia.
-Yo viajo con los maquinistas -anunció-. Voy a la locomotora... ¡Hasta la vista!
Y subió a la locomotora, y ocupó su actividad ayudando a partir carbón. Al arribar a Irún había adquirido un magnífico color antracita.
***
Ya allí, compró sus harapos a un sordomudo andrajoso, vistió los harapos y marchó a la fonda a buscar a Silvia.

Y tocado con las ropas andrajosas anduvo por Irún, acompañando a Silvia y cogido a su brazo mórbido y distinguido. Nutrido público los miraba al pasar, asombrado.

Silvia sufría cada día más.
-¡La cosa marcha! ¡La cosa marcha! -murmuraba todavía Ramón-. Pronto rogará Silvia un divorcio total. Sigamos con las burradas. Sigamos con la droga antimatrimonial, multiplicando la dosis.
***
Ramón vistió a continuación sus fracs más maravillosos, y al pisar un salón, un dancing u otro lugar público acompañado por Silvia, imitaba a los criados, y con un paño al brazo acudía solícito a todas las llamadas.
Una mañana pintó sus párpados con barniz rojo.
***
Por fin lo trasladaron al manicomio.
Y Ramón asistió a su propia dicha: su contrato matrimonial yacía roto y vivía imposibilitado para otra boda con otra Silvia...
FIN"



Te deja un poquito de humor,

Juliet J.




sábado, 11 de octubre de 2014

Halloween, nuestra fiesta literaria. La pata de mono, de W.W. Jacobs.

¡Bienvenidos a mi hogar!

...donde la literatura es un fiesta y la magia de las brujas es el aderezo ideal.




¡Acércate! Te voy a contar algo. Tienes que prestar antención porque es un clásico en la literatura de terror. Seguramente ya habrás oído hablar de ello, pero aun así no le verás desperdicio.

Allá por 1902, W.W. Jacobs escribió La pata de mono. Nos traslada a una casa familiar de un matrimonio y un niño, que mientras hacen sus cosas habituales se presenta un agente de policía. Hablando y hablando, les cuenta la historia de esa pata de mono endemoniada que cumple cinco deseos y que ha dado tantos problemas.

Una ilustración del marido hablando con el agente.


El marido, sorprendidísimo, decide comprarla. Lo que no sabe son las desgracias que le traerán.



Esta historia ha sido mil veces versionadas, sobre todo por la pequeña pantalla, pero nunca ha perdido su identidad.

Los Simpsons siempre han sido un referente fácil en esta cuestión.



Aquí te dejo un pequeño film.


Es un cuento corto y ágil que no podemos dejar pasar para entender el género, para construirnos pilares críticos ni para pasar noches maravillosas de encantamientos.

Aquí puedes leer el cuento, brujillo/a, y espero que disfrutes tanto como yo de estas vísperas.

Te deja un sabor lleno de magia,

Juliet Jones.